La irrupción del vehículo de motor en las ciudades supuso para los peatones, que hasta entonces disfrutaban del uso sin restricciones de las calles, su confinamiento a unas áreas reservadas llamadas aceras, alegando entre otras razones su protección. La cuestión es que la zona de las calles reservadas para los vehículos de motor, las calzadas, ha ido reduciendo cada vez más las aceras reservadas para los peatones y, por si ésto fuera poco, se están viendo invadidas por vehículos aparcados.

Si nos fijamos en las velocidades medias que pueden desarrollar los VMP veremos que se pueden situar fácilmente en los 15 km/h. Y si miramos la velocidad de un corredor urbano podemos situarla en unos 9 km/h. Comparando estas velocidades vemos que los VMP pueden circular por las aceras a una velocidad 5 veces superior a la del peatón, mientras que el corredor urbano lo puede hacer a una velocidad 3 veces superior.
Competir con el vehículo de motor es difícil, acostumbrado como está a ser el dueño de la calle con el respaldo de una industria muy poderosa. Pero son los poderes públicos los que muestran una incapacidad y falta de decisión para poner coto al uso del vehículo de motor particular, dejando espacio a los VMP y vehículos colectivos en las calzadas, y no confinando a los peatones a espacios cada vez más restringidos y peligrosos.
Por último, resulta paradójico que los ciclistas reclamen con justicia la separación de 1,5 m de los vehículos de motor en carretera y algunos de ellos no quieran aceptar ese mismo razonamiento circulando por las aceras.
Mención aparte merece la pretensión de algunos corredores urbanos que reclaman la prioridad de paso en sus entrenamientos urbanos, cual si las aceras fueran pistas de atletismo.
Y por último, una evidencia obvia: cualquier conductor o conductora de cualquier tipo de vehículo es un peatón en cuanto abandona a la máquina.
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